La maquinaria electoral mundial opera ahora en las sombras digitales
15 de abril de 2026
La propaganda política avanza más rápido que las leyes. En democracias como India y Estados Unidos, las campañas usan apps de mensajería, 'influencers' y videos personalizados para evadir las reglas. Esto hace que para los votantes sea más difícil saber quién intenta convencerlos.
Mucha gente todavía imagina la propaganda electoral a la antigua. Un anuncio en televisión. Un mitin. Un cartel de un partido en una pared. Esa imagen está muy desactualizada. La verdadera batalla ocurre ahora en chats privados, en el 'feed' de recomendaciones y en videos cortos que desaparecen en el 'scroll' infinito. Hacer campaña no se ha vuelto menos agresivo en la era digital. Se ha vuelto más difícil de ver, más difícil de rastrear y mucho más fácil de negar.
Esto es importante porque la democracia depende de que el debate para convencer a la gente sea, al menos en parte, público. Si los partidos hacen afirmaciones en la plaza pública, sus rivales, los periodistas y los votantes pueden responder. Pero si la campaña se hace con mensajes segmentados enviados a miles de audiencias pequeñas, todo el sistema empieza a pudrirse. Un grupo oye hablar de impuestos. Otro oye mensajes de miedo sobre la delincuencia. Otro recibe anzuelos de la guerra cultural. Y otro recibe mentiras disfrazadas de consejos personales. El candidato puede decir cosas distintas a gente distinta y aun así fingir que defiende un programa coherente.
La evidencia ya no es escasa. Está en todas partes. En Estados Unidos, las campañas políticas han gastado mucho dinero durante años en anuncios digitales segmentados a través de las grandes plataformas, mientras los reguladores luchaban por mantenerse al día. Tanto Meta como Google crearon archivos de anuncios tras la presión pública y el escrutinio de los reguladores. Sin embargo, los investigadores han argumentado repetidamente que esos archivos están incompletos o son difíciles de usar. Ese es el problema central en miniatura: incluso donde existen herramientas de transparencia, son parciales, llegan tarde o son fáciles de eludir.
En India, donde cientos de millones de personas usan WhatsApp y YouTube, las elecciones han demostrado lo potentes que pueden ser las redes cerradas y semicerradas. Durante campañas nacionales pasadas, los partidos políticos y sus voluntarios se apoyaron en enormes estructuras de grupos de WhatsApp para difundir rápidamente argumentarios, videos y memes. Investigadores, periodistas y verificadores de datos documentaron oleadas de contenido falso o engañoso que se movían por esos sistemas. La escala es asombrosa porque India no es una democracia más. Es el electorado más grande del planeta. Cuando la opacidad digital se vuelve normal allí, no es una anécdota. Es una advertencia.
Brasil ofreció otra lección brutal. En las elecciones de 2018, se informó ampliamente que WhatsApp fue un campo de batalla político central. Las investigaciones periodísticas y el debate público posterior se centraron en los mensajes masivos, la desinformación y el papel de los grupos privados que apenas podían ser supervisados desde fuera. Las autoridades electorales y los tribunales de Brasil han intentado desde entonces responder con más agresividad a la desinformación en línea, pero el problema de fondo persiste: la aplicación de la ley siempre va un paso por detrás del último truco.
Incluso en Europa, donde los reguladores han actuado con más dureza contra el poder de las plataformas, el problema no ha desaparecido. La Unión Europea ha impulsado nuevas reglas digitales y un mayor escrutinio de la publicidad política en línea. Es un progreso serio. Pero las leyes que buscan la transparencia todavía chocan con una simple realidad. Las campañas ya no necesitan depender solo de la compra formal de anuncios. Pueden usar 'influencers', páginas no oficiales, redes de voluntarios, personalidades de medios afines y grupos temáticos que difuminan la línea entre el discurso cívico y las operaciones de campaña. El mensaje llega a los votantes. La rendición de cuentas, a menudo, no.
Este cambio está ocurriendo por razones obvias. La persuasión digital es barata, rápida y adaptable. Una campaña puede probar mensajes en tiempo real, observar los datos de interacción y luego apostar el doble por lo que provoque rabia o miedo. Eso no es un fallo del sistema. Es el modelo de negocio de gran parte de la internet moderna. La indignación capta la atención. La atención impulsa la difusión. La difusión moldea la política. Si eso suena cínico, bien. Debería sonar así.
También existe un vacío legal que las viejas leyes electorales nunca fueron diseñadas para manejar. Muchos sistemas democráticos se diseñaron en torno a los medios de difusión, el material impreso y períodos de campaña claros. Pero, ¿qué cuenta exactamente como un anuncio político cuando un creador de contenido de estilo de vida publica de repente un video patriótico que se hace eco sutilmente de los mensajes del partido? ¿Qué cuenta como coordinación cuando un aliado del partido, nominalmente independiente, difunde videos de ataque muy incisivos a millones de seguidores? ¿Qué cuenta como campaña cuando un mensaje se reenvía en grupos privados en lugar de comprarse a través de un canal oficial de una plataforma? Las viejas categorías se están quebrando.
Los defensores de este nuevo panorama tienen un argumento sólido. Los medios digitales redujeron las barreras de entrada. Candidatos más pequeños, movimientos alternativos y campañas comunitarias ahora pueden llegar a los votantes sin el dinero que antes se necesitaba para la televisión o la prensa nacional. Eso es real. Las redes sociales han abierto el espacio político en muchos países. Movimientos de protesta, campañas anticorrupción y voces marginadas han utilizado herramientas digitales para superar los filtros tradicionales. Cualquiera que finja que el viejo orden de los medios era puro está vendiendo nostalgia, no la verdad.
Pero ese argumento no borra la realidad más oscura. Las mismas herramientas que permiten a los de afuera organizarse también permiten que los actores poderosos inunden el espacio con manipulación. Y los actores poderosos suelen adaptarse más rápido. Los partidos establecidos, los donantes ricos y las consultoras profesionales pueden comprar datos, contratar granjas de contenido, sembrar narrativas y explotar los algoritmos de las plataformas a escala industrial. El resultado no es una romántica democracia digital. A menudo es un campo de batalla más ruidoso, más turbio y más cínico.
Las consecuencias son graves. Primero, los votantes pierden un conjunto de hechos compartidos. Investigaciones en muchos países han mostrado que la preocupación por la desinformación aumenta junto con la dependencia de las plataformas en línea para informarse. Segundo, la confianza en las elecciones recibe otro golpe. Cuando la gente cree que redes ocultas y mentiras dirigidas están determinando los resultados, la sospecha se extiende más allá de un simple rumor. Tercero, la rendición de cuentas se debilita. Si los partidos pueden hacer campaña a través de capas que les permiten negar su implicación, el castigo se vuelve raro y selectivo. Eso invita a más abusos, no a menos.
El daño no es solo nacional. Aterriza a nivel local. Un votante de ciudad puede recibir mensajes de miedo específicos para su barrio sobre inmigrantes, vivienda o delincuencia que nunca aparecen en un debate televisado. Un agricultor puede recibir una promesa sobre subsidios mientras que los profesionales urbanos reciben otra sobre disciplina fiscal. Esto no es solo segmentación. Las campañas siempre han adaptado sus argumentos. El problema empieza cuando la personalización se convierte en secretismo y el secretismo en contradicción.
Entonces, ¿qué deberían hacer las democracias? Primero, dejar de fingir que la transparencia voluntaria es suficiente. Se debería exigir a las plataformas que mantengan archivos públicos, sólidos y consultables de anuncios políticos y temáticos, con información de segmentación, datos de gasto y un etiquetado claro. No promesas vagas. Divulgación real. Segundo, los reguladores necesitan reglas que cubran a los 'influencers' pagados y las colaboraciones encubiertas de campaña, no solo la compra de anuncios tradicional.
Tercero, las apps de mensajería privada y cifrada necesitan un enfoque de políticas realista. Nadie serio debería exigir la vigilancia masiva de las conversaciones privadas. Eso sería un remedio peor que la enfermedad. Pero las plataformas aún pueden limitar el reenvío masivo, etiquetar los comportamientos de distribución masiva y cooperar con los esfuerzos de integridad electoral sin leer los mensajes de todos. La propia WhatsApp introdujo límites de reenvío en varios mercados tras repetidas preocupaciones por su mal uso. Eso no lo resuelve todo, pero demuestra que las decisiones de diseño importan.
Cuarto, los partidos políticos deben enfrentar sanciones más duras cuando sus operadores o grupos afines usan repetidamente tácticas digitales engañosas. Las multas que apenas se sienten son una broma. Las democracias no pueden defender el debate abierto encogiéndose de hombros ante la manipulación encubierta y llamándola innovación.
La cruda verdad es esta: la ley electoral todavía actúa como si la política ocurriera en un escenario, mientras que las campañas modernas a menudo suceden en un laberinto. Esa brecha es peligrosa. Las democracias no se derrumban solo cuando avanzan los tanques. También se debilitan cuando convencer a la gente se vuelve imposible de rastrear, cuando cada votante ve una realidad diferente y cuando nadie puede responder con claridad a la pregunta democrática más antigua de todas: ¿quién está tratando de influir en mí y por qué? Si los gobiernos no actualizan las reglas electorales para la era digital, las campañas seguirán adentrándose más en las sombras. Y al público se le pedirá que confíe en lo que ya no puede ver.
Source: Editorial Desk