Por qué los migrantes climáticos del mundo no se dirigen a donde usted cree
27 de marzo de 2026

Cuando la frase "migrante climático" entra en el debate público, suele ir acompañada de una imagen muy específica y dramática. Es una imagen dominada por fronteras internacionales, embarcaciones atestadas y viajes desesperados desde el Sur Global hacia las naciones más ricas del Norte Global. La retórica política se basa frecuentemente en esta visión, advirtiendo sobre un inminente tsunami demográfico impulsado por el aumento de las temperaturas y el colapso de los ecosistemas. Sin embargo, esta persistente narrativa se apoya en un error fundamental sobre cómo y por qué se mueven realmente los seres humanos. La gran mayoría de las personas obligadas a abandonar sus hogares por la degradación ambiental no cruzan océanos ni fronteras continentales en absoluto. Por el contrario, la verdadera historia de la migración climática es abrumadoramente interna y se desarrolla de manera invisible dentro de los límites de un solo país.
La evidencia contradice de manera rotunda el temor generalizado a los éxodos climáticos internacionales masivos. Los datos publicados por el Banco Mundial en su histórico informe Groundswell proyectan que, para el año 2050, hasta 216 millones de personas en seis regiones del mundo podrían verse obligadas a desplazarse dentro de sus propios países debido al cambio climático. De manera similar, las cifras institucionales del Centro de Monitoreo de Desplazamiento Interno demuestran sistemáticamente que los desastres relacionados con el clima desplazan anualmente a millones de personas más que los conflictos armados. Solo en 2022, el centro registró más de treinta millones de desplazamientos internos provocados por inundaciones, tormentas y sequías. La realidad que dictan estas estadísticas es fundamentalmente económica. Cruzar fronteras internacionales requiere inmensos recursos financieros, trámites burocráticos y resistencia física. Cuando los desastres repentinos o los cambios ambientales progresivos destruyen los medios de subsistencia, las familias simplemente carecen del capital para financiar un viaje internacional. En consecuencia, se trasladan al lugar más cercano que les ofrezca un mínimo de seguridad y oportunidades económicas, que casi siempre es la ciudad principal más cercana dentro de su propia nación.
Las causas subyacentes de este vasto movimiento interno están profundamente ligadas a la lenta y silenciosa erosión de los medios de vida tradicionales, más que a catástrofes cinematográficas repentinas. En las regiones que dependen en gran medida de la agricultura, los impactos climáticos de evolución lenta actúan como el principal catalizador para la reubicación. Por ejemplo, en los distritos costeros de Bangladesh, el aumento del nivel del mar está incrementando constantemente la salinidad del suelo y de los ríos de agua dulce. Los agricultores que han cultivado arroz durante generaciones descubren que sus cultivos ya no pueden sobrevivir a la intrusión tóxica de la sal. Más al oeste, en la región africana del Sahel, las sequías prolongadas y los patrones de lluvias cada vez más irregulares están convirtiendo en polvo tierras que alguna vez fueron cultivables, devastando por igual a las comunidades de pastores y agricultores. Sin cosechas que recolectar ni agua para el ganado, la base económica de la vida rural colapsa por completo. Privadas de sus ingresos y enfrentando una grave inseguridad alimentaria, a estas comunidades no les queda más opción que empacar lo poco que pueden cargar y migrar hacia los centros urbanos en busca de trabajo asalariado para sobrevivir.
Las consecuencias de este inmenso éxodo del campo a la ciudad están remodelando profundamente al mundo en desarrollo. Dado que los migrantes climáticos generalmente permanecen dentro de sus propios países, la carga de absorber a estas poblaciones desplazadas recae en gran medida sobre las ciudades del Sur Global, muchas de las cuales ya batallan con una infraestructura gravemente limitada. En Daca, la capital de Bangladesh, los investigadores y las autoridades municipales estiman que hasta dos mil personas llegan cada día, y una proporción significativa de ellas es impulsada directamente por las presiones ambientales en la vulnerable región del delta. Esta rápida urbanización no planificada genera crisis cada vez mayores tanto para los migrantes como para las ciudades receptoras. Quienes llegan con poco o ningún capital a menudo no tienen otra alternativa que establecerse en extensos barrios marginales informales en la extrema periferia de la ciudad. Estos asentamientos marginados frecuentemente carecen de saneamiento básico, electricidad confiable, agua potable y vivienda segura. Trágicamente, debido a que estas comunidades informales casi siempre se construyen en terrenos bajos y poco deseables, los migrantes se encuentran altamente vulnerables a los mismos choques climáticos —como las inundaciones urbanas extremas y las severas olas de calor— de los que huían inicialmente. El ciclo de desplazamiento, por lo tanto, continúa, atrapando a las poblaciones vulnerables en un estado permanente de precariedad económica y ambiental.
Abordar esta creciente crisis requiere una recalibración completa de cómo la comunidad internacional enfoca la política migratoria y la adaptación climática. En lugar de verter miles de millones de dólares en la fortificación de fronteras y en políticas de disuasión en el Norte Global —estrategias que diagnostican de manera errónea la geografía real del problema—, los esfuerzos internacionales deben centrarse en la resiliencia urbana en el Sur Global. El financiamiento y el apoyo logístico deben dirigirse en gran medida a ayudar a las naciones en desarrollo a modernizar la infraestructura de sus ciudades en rápida expansión para acoger de manera segura a los recién llegados. Además, los gobiernos nacionales y las organizaciones internacionales de desarrollo deben invertir fuertemente en ciudades secundarias y terciarias. Al crear centros económicos viables fuera de las megaciudades principales, los países pueden distribuir la inmensa presión de la migración interna de manera mucho más equitativa. Al mismo tiempo, deben realizarse inversiones sustanciales en la adaptación rural para prevenir el desplazamiento forzado antes de que ocurra. Proporcionar a los trabajadores agrícolas variedades de cultivos tolerantes a la sal, tecnología de riego mejorada y sistemas de alerta temprana de alta precisión puede ayudar a sostener las economías rurales, ofreciendo a las personas los recursos esenciales que necesitan para permanecer en sus hogares ancestrales si así lo deciden.
La conversación mundial sobre la migración sigue obstinadamente fijada en las fronteras equivocadas. Mientras los responsables de formular políticas de las naciones más ricas sigan viendo el desplazamiento climático principalmente como una amenaza lejana para su propia seguridad nacional, las verdaderas víctimas de esta crisis seguirán siendo ignoradas y desatendidas. Los millones de personas que abandonan en silencio los campos resecos y las aldeas inundadas para irse a los hacinados barrios marginales de sus propias capitales ya están viviendo la dura realidad de la emergencia climática. Reconocer que el futuro de la migración climática es en gran parte interno y abrumadoramente urbano es el primer paso indispensable hacia una respuesta humana, lógica y eficaz. El mundo no necesita muros más altos para gestionar los cambios demográficos que se avecinan. Por el contrario, necesita desesperadamente ciudades más fuertes y resilientes, así como un profundo compromiso global para proteger a las poblaciones más vulnerables exactamente en los lugares donde ya viven.